Mujeres Tejedoras del Campo (MUTECAM)
Colombia – Vereda Buenos Aires, municipio de Ovejas, departamento de Sucre (Subregión de Montes de María)
Cambio clave: Pasar de enfrentar la vida y el trabajo por separado a sostenerse juntas transformó la relación entre estas mujeres y dio origen a un proyecto colectivo con voz, organización e ingresos propios.
Hubo un momento en que las mujeres que hoy hacen parte de la organización Mujeres Tejedoras del Campo (MUTECAM) empezaron a reconocer algo que antes no era evidente. Durante años, cada una había enfrentado su vida por separado, asumiendo el trabajo, la familia y las decisiones del hogar como si fueran historias individuales. Pero cuando comenzaron a reunirse, a escuchar lo que otras habían vivido y a hablar de sus propias experiencias, algo empezó a cambiar.
Dubis Rodríguez lo explica con una frase sencilla. “Uno empieza a entender que no es la única que ha vivido ciertas cosas.” Con el tiempo, ese reconocimiento se volvió más hondo. Mercedes María Álvarez López lo resume de otra manera. “Uno aprende que no está sola.”
Ese descubrimiento fue el punto de partida de lo que hoy se conoce como MUTECAM, Mujeres Tejedoras del Campo, una organización creada por mujeres rurales de Montes de María, al norte de Colombia. El proceso comenzó en los espacios impulsados por el comité de género de la Cooperativa Multiactiva Agropecuaria Renacer de Montes de María (COOMARIA), conformada en la región por firmantes de paz en proceso de reincorporación tras el Acuerdo de Paz de 2016 entre el Estado colombiano y las extintas FARC-EP. Con el acompañamiento del proyecto #ArraigoCaribe, implementado por We Effect y financiado por la Embajada de Suecia en Colombia, este grupo de mujeres decidieron aprender a trabajar juntas, compartir conocimientos y buscar formas de generar ingresos propios. Lo que comenzó como encuentros entre mujeres terminó convirtiéndose en un proceso colectivo donde el trabajo, las decisiones y los aprendizajes comenzaron a sostenerse entre todas.
Mercedes María Álvarez López entendió desde muy temprano que el trabajo formaba parte de la vida. Cuando su padre enfermó, ella y sus hermanos tuvieron que separarse y vivir en casas de familiares. “Nos tuvieron que repartir.” Tenía apenas nueve años cuando empezó a trabajar. Con el tiempo formó su propia familia, tuvo seis hijos y, tras su separación, sostuvo su hogar sola durante años. “Me ha tocado trabajar.” Durante quince años fue cocinera en la escuela de la vereda y, cuando era necesario, cosía o hacía otros oficios para completar el sustento de la casa.
La historia de Dubis Rodríguez era distinta, pero también estaba marcada por el aislamiento. “Yo solamente estaba en mi casa.” Madre cabeza de hogar, con cuatro hijos y tres nietos, no imaginaba participar en reuniones ni hablar en público. Todo eso le parecía lejano. Aun así, cuando empezaron a convocar a las mujeres de la vereda, decidió asistir. No fue fácil. En la región seguían pesando los temores y los estigmas frente a la población firmante de paz. “Nos decían que si íbamos a esas reuniones, nos iban a ver como reincorporados.” A pesar de eso, decidió quedarse.
Tatiana Paola Vuelvas Rodríguez llegó a esos encuentros con una motivación diferente. En su casa encontró apoyo para asistir y aprender. “Vaya, estudie, aprenda”, le dijo su pareja cuando comenzaron las reuniones. Para ella, esos espacios dieron un sentido concreto al aprendizaje. Empezó a verlo como una herramienta para crecer, organizarse y pensar en el futuro del grupo. “Quiero aprovechar estos conocimientos al máximo.”
Las tres trayectorias fueron encontrando un lugar común en esos espacios de reunión, formación y escucha. Allí no solo compartieron experiencias; también empezaron a pensar juntas qué podían construir con sus manos. En medio de esas decisiones colectivas eligieron aprender a tejer. Ninguna dominaba la técnica al comienzo. “No sabíamos ni agarrar una aguja.” Con el apoyo del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), empezaron a formarse en croché, macramé y confección de bolsos. Las primeras piezas estaban lejos de salir bien, pero el grupo siguió practicando.
Con el tiempo entendieron que producir no bastaba. También necesitaban organizarse para vender y sostener el trabajo colectivo. Así fue tomando forma MUTECAM. Cuando se vende un producto, la mujer que lo elaboró recibe el pago por su mano de obra y una parte del ingreso se destina a un fondo común que fortalece al grupo.
Para Dubis, recibir pago por su trabajo significó también cambiar su lugar dentro del hogar. “Ahora tengo más voz y voto en la casa.” En un contexto donde las oportunidades de trabajo para las mujeres son escasas, contar con ingresos propios reforzó su participación en las decisiones familiares.
Para Tatiana, el aprendizaje empezó a tener una proyección más amplia. “Este dinero yo me lo gané y yo dispongo de ese dinero.” A partir de ahí, el trabajo se convirtió en una forma de crecer, organizarse y pensar en el futuro del grupo.
Mercedes, por su parte, identifica otro cambio. Después de muchos años resolviendo todo por su cuenta, el trabajo colectivo le permitió reconocer una forma distinta de sostenerse. “Uno aprende que no está sola.”
Ese reconocimiento, que empezó a aparecer en las primeras reuniones, sostiene hoy a MUTECAM. Lo que comenzó como encuentros entre mujeres terminó convirtiéndose en una organización donde producen, generan ingresos y toman decisiones juntas. Allí, lo que antes parecía una suma de historias aisladas encontró una forma colectiva de sostenerse.
Texto de la serie #StoriesOfChange.
Desarrollado por Juan David Betancourt y Ana Daniela Morales Flórez, para el proyecto #ArraigoCaribe de We Effect Colombia.
Basado en la entrevista a las socias de la organización MUTECAM.